Acuérdese

Yo recuerdo cuando duermo, porque cuando duermo, sueño. Y mis sueños no son más que recuerdos solo que disimulando un poco para no ser reconocidos. Se disfrazan y juguetean a ser otros, a mezclar cosas dispares, a confundirme o asustarme, no les gusta ir demasiado en serio, sobre todo por la noche. Desde luego, son sumamente respetuosos.

El otro día soñé que me gustaba Corrupción en Miami, pero no se lo digas a nadie, es un secreto. Ahí comenzó mi temprana preocupación, ya que me imaginaba que mis sueños irían por derroteros más existenciales dado el matiz profundo que pensé tenían mis pensamientos. No, querido amigo, soñé con flamencos rosas y palmeras, lamborginis y camisas floreadas. Soñé con Ricardo y Sonny - Crocket- (Dios, ¿hasta su apellido recuerdo?).

Cuando uno sueña, se sumerge en una gran ola que te invita a entablar una conversación con ella. Ella, si le gusta lo que le cuentas, te va acunando y llevando más y más adentro hasta que le terminas de contar tu historia, y entonces te regresa a la orilla. Y es ahí cuando despiertas. Algunas veces, esta historia no te la crees ni tú, ni mucho menos la ola; pero sigues hablando y hablando hasta que todo toma sentido y descubres que tu sueño no era tan disparatado y que te pertenecía más de lo que esperabas.

Paradójicamente, no desfallecí cuando Miami Vice pareció ser el título de la historia que conté a mi ola. ¿Miami Vice?, no podía ser verdad. Debía de estar loca, porque jamás reconocería en ninguna conversación de trabajo que yo veía esa serie y que me moría por viajar con Don Johnson sin importarme que sus pantalones blancos terminaran totalmente rotos y negros después de tanta explosión y lluvia de disparos. Yo solo deseaba estar con Don.

En realidad, hasta que no fui más mayor, no fui consciente de mi fijación por Sonny, por su media sonrisa, por su incorruptible tacto, por sus nervios de acero, por su carácter atormentado y un tanto amargo tras la pérdida de su amor. Para mí, estar en Miami, dándome el sol en la cara mientras el viento peinaba mi pelo en el asiento trasero de un descapotable era lo más parecido a la idea de la Felicidad.

Siempre que soñamos, algo de nosotros se proyecta hacia no sé sabe dónde, algo hermoso se libera y viaja a través de la vida en forma de alegres bromas o casualidades que jamás creeríamos que fueran posibles. Las sorpresas que nos pone delante el destino no son más que sueños que alguien tuvo y regaló al mundo. Los sueños recordados son tan juguetones que ni siquiera se molestan en volver a su dueño y se van en busca de otra persona para hacerle la vida más feliz sin darle ningún tipo de explicación.

Por ello, cuando pases momentos dolorosos por los que no querrías pasar ni por asomo, recuerda que tarde o temprano te encontrarás sentada en el asiento trasero de un coche, cerrando los ojos y notando el aire en el rostro.

Respira profundo, porque esa sensación es mi sueño recordado, que llegó a ti después de recorrer un caprichoso camino lleno de risas y cosquilleos.

Al fin y al cabo, no todo el mundo puede creer como yo –ingenua madurez-, que la compañía de un rubio ochentero de camisa abierta y pantalones holgados pudiera ofrecer tanta felicidad. Que voy a hacer, así soy yo, y así es Don.

Johnson, mi Johnson.


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